Y fue así, simplemente, como comencé a escribir. Había tanto en mi cabeza. Será que la muerte precipita estas cosas ?
Para contextualizarnos, había muerto Eugenio Durán - Chino Queno - alto dirigente del Partido Comunista durante los años cruentos de la dictadura. Un gran hombre para resumirle.
La fortuna que éramos parte de la misma familia. Un personaje muy culto que, de un abrir y cerrar de ojos, el cáncer pulmonar se lo llevó. Me remito a las palabras de mi tía Carmen Gloria (su pareja): " Queno, era mucho más que el partido y esas vainas".
Creo que con esas simples palabras pude, casi, entender parte importante de mi vida, una parte que se entre mezclaba con la infancia en la población; la niñez en la cruenta dictadura cívico-militar, en los arrabales de una ciudad en construcción. Un Santiago sucio con aroma a milicos y sangre. Me llega a la mente, de un rato a otro, los cortes de luz y el olor a neumáticos quemados en las primeras protestas contra el dictador en los años 80. Mientras crecíamos existían casas de exterminio en los alrededores de la ciudad atestada de obejas blancas. Entre las obejas negras imagino a Queno., y a tanta gente comprometida con una izquierda que, por estos días, se diluía y caía a pedazos.
Será que por eso mi Queno y mi padre gran parte del día, callan y caminaban cabizbajos en una casa oscura mordiendo añejos discursos de un "pasado mejor”. Será porque le robaron a sus compañeros y los desaparecieron en la ciudad con hedor cívico-militar, que jugaban a matar y torturar. Como si los sueños se hubiesen quedado en esos discursos rancios de la izquierda y la derecha de hace 60 años atrás. Y con los años me quedo corto, puesto que seguimos siendo los oprimidos. Quizás qué pasa por su cabeza con esos recuerdos mordidos en la amalgama depresiva de la negación e inequívocos fenómenos etílicos de tanta mierda acumulada. Quizá ahí debemos detenernos a pensar en Eugenio Duran. Un "compañero" que también dio parte de su vida a esta mierda en la que vivimos. Definitivamente, lo que nos permite la palabra escrita es poder decir las cosas a una audiencia que jamás leerá estas líneas. Me exculpo del infortunio del que sí las leerá.
Así creo que el tío Queno, debió morder sus últimos días, con una sensación de incertidumbre por el devenir. Quizá por ello cuando la muerte nos toca en el seno familiar nos dejamos, nuevamente, rememorar muertes anteriores. La de la madre. La de la abuela y las muertes antiguas. Y las que vendrán. Porque la muerte nos respira en la nuca a todos al final del día.
Pero me remito al tío Queno. Un tipo observador que dejó sus genes en mi primo Simón, casi como una calcomanía. Un tipo que supo ser persona y que nos dejó tanto al debe como todo ese montón de literatura que atesoraba. Una casa "hecha" de libros. Sí, pues olvidé decirles que mi tío era librero. Tenía muchos libros, por ende, un asidero intelectual envidiable. Y aquí nos quedamos, nuevamente, con la sensación de qué hay más allá. Y mi hija vuelve a maquillar a los muertos. Y yo, cobardemente, casi en los cincuenta años, temiéndole. Por qué todo debe ser una homenaje ? Por qué nos acostumbramos a escuchar lo que queremos escuchar y cuando disentimos nos enfadamos y nos acusamos de ignorantes. Por qué Queno nunca hizo eso ? Sabía algo que nosotros no ? Algo oculto entre los libros ? Leyó algo en su librería entes de morir. Dejó un libro por ahí que alguno de nosotros tendrá que leer para ver esa magia de la literatura. Porque ya no nos basta con García Márquez. Queremos leer la vida de estos personajes anónimos. Estos que recibieron los golpes en dictadura. Estos tipos sencillos que tenían por qué luchar. Estos tipos que sabían que estaban del lado correcto de la historia. Los imprescindibles. Sí uno de ellos. Sí uno de ellos.
--
No hay comentarios:
Publicar un comentario