Un amplio espacio en este hermoso lugar, lleno de historia, lleno de historias, lleno de misterios indescifrables, de gritos inquebrantables, de sudor, de mujeres de la vida, de traficantes de pasado, de vida sin vida... perenne.
Se dejaba estar en este espacio de la estación, una moza de cabellos largos como sus propias piernas; se hacía cómplice del tiempo con aquel anciano que reposaba sus años en un banco añejo y cansado de la estación recordando una antigua cita, a mediados de siglo, con una amada siempre amada y ausente, mientras el frío material de estos muros gélidos y yertos, le iluminaban extrañamente el recuerdo. Así consumía con una antigua rabia e impotente desencanto el pésimo tabaco de su precaria economía. La moza esperaba a un tipo de buen vestir que, al llegar, le acarició los sedosos cabellos con sus sudorosos dedos, con una seguridad propia de los que son amantes.
En otro rincón estaban los ajedrecistas, como petrificados, empeñados en sus estrategias por ganar; fácilmente podrían ser parte del pasado de un tren que nunca llegó, en una larga espera y una larga partida. Las intrincadas disciplinas de cada uno de los ajedrecistas se confundían, a cada momento, con las putas bellas del puerto que aún hacían resonar sus calientes tacos de infelicidad, en las acusadoras losas de la estación puerto.
En un rincón las arañas tejían la historia, en un ángulo perfecto, con esa maravillosa seda, así con la parsimonia propia del ritual, mecían el sueño del guardia que dormía en otro rincón de la estación. Así ayudaban a mis palabras fluir, para dar testimonio de este espacio - tiempo perdido de la estación eterna del inmortal Valparaíso.
De pronto: el silbido inconfundible de la bestia de metal, del carruaje armónico que marcó una época, nuestra época...
Valparaíso - chile
Vadim. 1998.

No hay comentarios:
Publicar un comentario